martes, 14 de septiembre de 2010

EL GRANERO (CUESTIÓN DE PUNTERÍA)













Está enfrente del granero encarando la tormenta. El ruido de la lápida al quebrarse le hace volver la cara. Se ha separado el nombre de la fecha. El aire, que se arremolina entre las canas, baja azotando los surcos de su cara y se cuela entre las mellas de los dientes secando la poca humedad que le queda en la garganta. Empuja hacia abajo, para que no se vuele, la pipa de maíz que asoma por el peto. Las piedras arrancadas se arremolinan y giran y giran en el cielo hasta caer frente a él. Patea un guijarro puntiagudo y abre un agujero en la pared del granero. Las canas le azotan los ojos y le ciegan, se las aparta con giros bruscos de la cabeza. Ha metido sus manos sarmentosas en los bolsillos traseros del peto vaquero gastado y las aprieta acompasadas con el sonido repetitivo de las piedras que impactan en la madera carcomida.

Siempre ha tenido buena puntería, pero el temblor, que le sigue como un perro faldero, se la ha ido minando. Hoy no hay temblor, solo piedras incrustándose en la madera. La puerta chirría, la madera tiembla, se resiente con cada impacto y, de vez en cuando, saltan esquirlas verdes y desconchadas. Cada disparo, como una droga, necesita del siguiente. La punta de la bota no se detiene ante ningún peñasco. Ni siquiera es consciente del dolor cuando acierta, con un trozo de la lápida caída, en el único círculo de la diana que queda. El juego de dardos se lo había regalado cuando cumplió siete años: "Puntería, le había dicho, es lo único que separa el cazador de la pieza por cobrar". Otro impacto cerca de la bisagra de la derecha, otra astilla, un ojo más que se abre entre la carcoma. "Puntería". Otro canto incrustado en un jirón de tabla. Un nuevo impacto, el armazón tiembla y la puerta cede.

El granero desparrama sus entrañas podridas ahora abiertas en canal. Se seca la frente con el puño de cuadros gastados, transparentes. El pie derecho sigue arrojando toda su rabia con más fuerza hasta que el perro faldero, que le sigue como un temblor, empieza a morderle. Apenas acierta ya a dar en una viga mohosa o en la soga que se balanceaba al ritmo calenturiento del aire del sur o al cubo de zinc agujereado por el ácido y el olvido. Cae el viento.

Da el primer paso, el más difícil, el que abrirá el surco en una tierra cenicienta. El pie izquierdo avanzaba firme, el derecho se arrastra profundizando en la herida. El polvo se le mete en los ojos sacando las lágrimas que se resistían a morir quemadas por el viento sureño. Lo poco que le quedaba, lo poco que le había dejado lo había arrojado dentro de la ballena, y ahora reclama su vómito. Se acerca a la boca abierta, oscura y mellada.

"Puntería". Sombras. Un paso en falso y una lata se vierte en el suelo. El olor a queroseno gruñe como un perro rabioso. Alza la voz: "Puntería, solo hacía falta puntería...—se lamenta y gime a media voz— Solo necesitabas puntería, cazador". Apenas un quejido sale de entre las mellas de su boca. Se sacude el perro de su pierna, camina despacio hacia el fondo. Ni siquiera el portazo le sobresalta. El pie derecho ahonda la huella, profundiza el camino que recorre el combustible, el izquierdo apenas deja huella. Una bala de paja reseca caída de la pared. Se sienta acomodándose, dibujando el hueco de su cuerpo en un forraje que no alimentará. Mira desde el interior de la ballena que todo lo traga. El viento boquea como una trucha en la orilla y busca dónde enredarse; solo encuentra tambores de otras guerras que avanzan en el horizonte. La puerta se entreabre.

Saca la pipa de maíz reseca, le raspa las entrañas, la vacía, la huele. Rellena de tabaco el hueco, lo aplasta con la uña, chasquea una cerilla en la suela de uno de sus zapatos: el derecho. Una y otra vez, y se gasta frotada la una suela desgastada que no sirve ni para prender fuego. El viento entra y sale lamiendo el granero como una lengua en boca extraña. Intenta con otra y con otra más. El viento barre y una nueva cerilla está en sus manos. Suda. La última cerilla prende y protegiéndola con la mano, la acerca a la pipa y calienta el tabaco. Chupa, aspira, saborea el tabaco requemado. Unas brasas caen desde la boca de maíz. "Puntería".

5 comentarios:

TriniReina dijo...

La verdad es que es un texto que sobrecoge y deja al lector sumido en la escena, esperando que la cerilla prenda.

Besos

Jesús Garrido dijo...

Perdón, llegué por accidente, estaba hablando con mi amiga cuando un mosquito se ha detenido en la pantalla de mi teléfono móvil, echaré un vistazo a tu blog, [el mosquito ha muerto, lo he chafao]

TORO SALVAJE dijo...

Me ha parecido verlo todo.
Que bien fotografías!!!

Besos.

Oréadas dijo...

White, la lluvia de estos días te hizo florecer de tu sequía.
Precioso, un beso.

Zorro dijo...

Bueno, bueno, bueno.

Herminia, ¡un gran relato! Un ritmo muy intenso, todo muy sensorial; la ambientación da gusto sentirla, y por supuesto la atmósfera está logradísdima.

El tono del narrador es muy creíble, natural. Tan solo que en algunos tramos se le escapa la enfatización, pero para el tema que trata no me molesta.

Alan Poe estaría orgulloso de tu compromiso en este texto ;)