
Yo me parecía a mi madre, pero quería parecerme a mi padre: su barbilla, esa barbilla confusa, que parecía alargada en sus redondeces. Yo me parecía a mi madre y quería creerlo, como ella, decían, y ella sonreía por las afueras, porque en los adentros me creía igual que mi padre.
Yo me distraía con una libélula encima de una charca seca, con las nubes que bailaban alrededor del frío, con los sueños de las moscas en las tardes oscuras de noviembre y mi madre nunca tenía tiempo para soñar.
Debí ser como mi madre y no soñar, debí barrer las esquinas frías sin música, porque para qué la música, para qué los sueños. Eres guapa, como tu madre, decían, pero yo quería parecerme a mi padre y hoy, con el rostro afilado, tanto que apenas me veo en él, aparece la sombra de la barbilla de mi padre, alargada en sus redondeces, pero ya no tengo tiempo para soñar: las moscas se mueren en noviembre y las nubes están sordas.
Ahora, que me parezco más a mi padre, ni siquiera soy la sombra de mi madre.