La condición humana suspendida
en el rastro seco de las olas
de lienzo a lienzo
entre las pesadillas húmedas
de la bola de un condenado
y el sol de un lunes de febrero.
Pasea lamiendo acariciando restregando oliendo sigiloso tras los barrotes al acecho de dianas certeras entre los cráneos
Los ojos del niño cruzan los barrotes de oxido, deslizandose a través de las ranuras verdes, rasgadas; se siente todopoderoso danzando con pies de noche, las garras brotan de estolas albinas que entonan canciones de cosecha prematura y se asoma al vértigo sin intuir el terruño ácimo al otro lado de la herrumbre.
Cuando al tiempo lo aplasta una roca y no hay surcos de lombrices bajo la tierra cuando las arañas transparentan su cuerpo y las hojas sobre hormigas fermentan cuando los azules se enganchan en las aristas que resquebrajan la red que las sujeta las alas de una libélula sobre letras chinas de madera dibujan tu nombre como un arañazo sobre tierra ocre y yerma
Estoy en el caos oscuro de caminos enmarañados y no alcanzo el nudo de la espiral la sombra que no quise esconde la sombra que alumbra. Está tan cerca, tan cerca que asusta.