viernes, 21 de enero de 2011

SI TE HUBIESE DICHO SÍ














Si te hubiera dicho sí
y tus pasos sombra
si te hubiera dicho sí
y tus manos llamarada
si te hubiera dicho sí
y latido acompasado
si te hubiera dicho sí
si te hubiera dicho sí
los sueños desleídos

viernes, 7 de enero de 2011

ESQUINAS DE GRANADA
















Te encuentro tan sola y no sé si eres tú
o soy yo o son las alas de las mariposas que se derriten
o las hojas que caen en los aljibes de adobe
o es el silencioso crepitar de las cenizas
tú o yo o el alba en las mareas de tu pelo.
yo o tú o el repicar de las campanas en el empedrado
o siempre tú y las sombras que se coagulan
y ese chirriar húmedo de las bisagras
en las esquinas apagadas de Granada.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LAS HORAS TRASNOCHADAS








La negrura de la horas trasnochadas
se agrieta hasta romperse
se disuelve en un gris
traspasado por un rayo que ahonda la herida
que atraviesa y desgarra
y el blanco que empuja se rompe en rojo fuego
y quema y estalla en mil naranjas que se apagan
en salpicaduras amarillas
y el blanco renace del rojo enmarcado en añiles
y navega hacia el horizonte de azules
navegado de blancos
blancos que caen,
ahogados
cae el blanco que oscurece
y el rojo se hace púrpura y el púrpura cárdeno
se duele en la caída el blanco y se despinta
se apaga y se abriga de negro
otra vez
hasta alcanzar las horas trasnochadas.

sábado, 27 de noviembre de 2010

EDIFICIOS
























Ventanas, miles de ojos acechantes,
vidas escondidas en el gris
vigilan olvidos en sepia
un elefante en una azotea,
deliro,
me falta el aire que se absorbe en las grietas translúcidas
de hierros retorcidos en laberintos de hormigón,
como hormigas, caemos en la trampa de
un edificio que escupe hormigas
paseo el asfalto
y el elefante, encaramado en blanco, me acecha
cristal de estación a medio derruir
ascensores sin poleas
ventanas en las esquinas de los remolinos de la ciudad
precipicio
Paris exiliado o derruido
como Babel, edificio sobre edificio
ventana sobre ventana
el minotauro en su laberinto sepia
sobre gris
y la huída en rojo sobre el azul que tiende un puente
alejándose del Nacional:
café azul y no gris enterrado en sepia.

miércoles, 27 de octubre de 2010

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS


















La bruma sube desde el río hasta los muelles,
adoquines alineados entre túneles indigestos
colchones ocultos en las entrañas de muros
que cobran desesperanzas y prestan intimidad.
Frío, humedad, niebla,
vaho entumecido.
Un hombre despliega su mortaja,
alisa y mulle su efímera tumba
de la que se despedirá al alba.
Un perro calienta su noche.
Noches de estrellas oscuras
en túneles agonizantes,
en vías asimétricas.
Buenas noches, amigo.
Siempre nos quedará París.

domingo, 19 de septiembre de 2010

TIEMPO






















Ese tiempo cambiante de nubes irisadas o soles apagados
ese tiempo que vuela cuando ríes
que camina como un roble centenario cuando lloras
Tiempo
enemigo que marcha al ritmo de sesenta veces sesenta
amigo que cambia el paso a veinticuatro
monstruo voraz que lanza dentelladas a nuestros sueños
amigo que recoge las lágrimas y las seca en el olvido
Tiempo
camino de vida
meta en la de muerte
Tiempo
lluvia, sol, cielos con estrellas o planetas estrellados
Tiempo
regálale minutos al tiempo
y él te devolverá días
regálale días y te devolverá soles
regálale soles y te devolverá el sueño en la noche
Pero si no quieres más tiempo
si las nubes no son figuras que se modelan en el cielo
sino nido de tormentas furiosas
si el rayo hiere y no ilumina
si el trueno no es un tambor victorioso
respira hondo, cierra los ojos, tiéndete en un lecho de hojarasca
y siente las esquinas de la sequedad
Yo sé que la lluvia que se anuncia con el rayo luminoso
la lluvia que cabalga en el redoblar del trueno
empapa el aire
mulle la tierra
y de la sequedad
nace el musgo esponjoso
que redondea las soledades.

martes, 14 de septiembre de 2010

EL GRANERO (CUESTIÓN DE PUNTERÍA)













Está enfrente del granero encarando la tormenta. El ruido de la lápida al quebrarse le hace volver la cara. Se ha separado el nombre de la fecha. El aire, que se arremolina entre las canas, baja azotando los surcos de su cara y se cuela entre las mellas de los dientes secando la poca humedad que le queda en la garganta. Empuja hacia abajo, para que no se vuele, la pipa de maíz que asoma por el peto. Las piedras arrancadas se arremolinan y giran y giran en el cielo hasta caer frente a él. Patea un guijarro puntiagudo y abre un agujero en la pared del granero. Las canas le azotan los ojos y le ciegan, se las aparta con giros bruscos de la cabeza. Ha metido sus manos sarmentosas en los bolsillos traseros del peto vaquero gastado y las aprieta acompasadas con el sonido repetitivo de las piedras que impactan en la madera carcomida.

Siempre ha tenido buena puntería, pero el temblor, que le sigue como un perro faldero, se la ha ido minando. Hoy no hay temblor, solo piedras incrustándose en la madera. La puerta chirría, la madera tiembla, se resiente con cada impacto y, de vez en cuando, saltan esquirlas verdes y desconchadas. Cada disparo, como una droga, necesita del siguiente. La punta de la bota no se detiene ante ningún peñasco. Ni siquiera es consciente del dolor cuando acierta, con un trozo de la lápida caída, en el único círculo de la diana que queda. El juego de dardos se lo había regalado cuando cumplió siete años: "Puntería, le había dicho, es lo único que separa el cazador de la pieza por cobrar". Otro impacto cerca de la bisagra de la derecha, otra astilla, un ojo más que se abre entre la carcoma. "Puntería". Otro canto incrustado en un jirón de tabla. Un nuevo impacto, el armazón tiembla y la puerta cede.

El granero desparrama sus entrañas podridas ahora abiertas en canal. Se seca la frente con el puño de cuadros gastados, transparentes. El pie derecho sigue arrojando toda su rabia con más fuerza hasta que el perro faldero, que le sigue como un temblor, empieza a morderle. Apenas acierta ya a dar en una viga mohosa o en la soga que se balanceaba al ritmo calenturiento del aire del sur o al cubo de zinc agujereado por el ácido y el olvido. Cae el viento.

Da el primer paso, el más difícil, el que abrirá el surco en una tierra cenicienta. El pie izquierdo avanzaba firme, el derecho se arrastra profundizando en la herida. El polvo se le mete en los ojos sacando las lágrimas que se resistían a morir quemadas por el viento sureño. Lo poco que le quedaba, lo poco que le había dejado lo había arrojado dentro de la ballena, y ahora reclama su vómito. Se acerca a la boca abierta, oscura y mellada.

"Puntería". Sombras. Un paso en falso y una lata se vierte en el suelo. El olor a queroseno gruñe como un perro rabioso. Alza la voz: "Puntería, solo hacía falta puntería...—se lamenta y gime a media voz— Solo necesitabas puntería, cazador". Apenas un quejido sale de entre las mellas de su boca. Se sacude el perro de su pierna, camina despacio hacia el fondo. Ni siquiera el portazo le sobresalta. El pie derecho ahonda la huella, profundiza el camino que recorre el combustible, el izquierdo apenas deja huella. Una bala de paja reseca caída de la pared. Se sienta acomodándose, dibujando el hueco de su cuerpo en un forraje que no alimentará. Mira desde el interior de la ballena que todo lo traga. El viento boquea como una trucha en la orilla y busca dónde enredarse; solo encuentra tambores de otras guerras que avanzan en el horizonte. La puerta se entreabre.

Saca la pipa de maíz reseca, le raspa las entrañas, la vacía, la huele. Rellena de tabaco el hueco, lo aplasta con la uña, chasquea una cerilla en la suela de uno de sus zapatos: el derecho. Una y otra vez, y se gasta frotada la una suela desgastada que no sirve ni para prender fuego. El viento entra y sale lamiendo el granero como una lengua en boca extraña. Intenta con otra y con otra más. El viento barre y una nueva cerilla está en sus manos. Suda. La última cerilla prende y protegiéndola con la mano, la acerca a la pipa y calienta el tabaco. Chupa, aspira, saborea el tabaco requemado. Unas brasas caen desde la boca de maíz. "Puntería".