
Como la nieve en primavera, mansa; como la lluvia en noviembre, eterna; como la fiebre de niño, virulenta, como un desmayo, ingrávido.
Inciertos caen, siempre caen los días.
Y caen al compás de las músicas que no suenan, de los fuegos helados del alma, de la luz cegadora de una negra esperanza.
Confusos caen, siempre caen los días.
Y caen los días en el olvido de charcos que se evaporan y en remolinos de ríos que los engullen, y en lechos de mares fantasmas enredados entre sargazos y espuma.
Ingrávidos caen, siempre caen los días
Y caen, siempre caen los días resbalados de nubes sin agua, fugados en suspiros sin aliento, quebrados en espejismos de infinitas caras, desbaratados en sus extremos laxos.
Vacilantes caen, siempre caen los días
Y caen los días y se diluyen efervescentes las horas en la penumbra de sal que escuece, y se cristalizan los minutos en heridas de navajas y caen los segundos como el derrumbe a plomo de un sueño.
Desgarrados caen, siempre caen los días
Pero también caen los días en los dulces de la abuela, en las estrías de tu vientre, en el ojo que no traiciona, en las cosquillas de una sirena, en el roce de encajes que se entrelazan, en los surcos tersos de un rostro, en las notas de canciones desmemoriadas, en una gaviota en vuelo, en una noche y una mañana.
Esperanzados caen, siempre caen los días.
Confusos, ingrávidos, vacilantes, desgarrados y siempre esperanzados. Así caen, siempre caen los días.